Llueve. La mujer de la estación espera sentada sobre una maleta de cuero verde. La calle se queda a un lado, entre las aceras grises sin gente. Una puerta se abre por detrás de ella. La estaban esperando.
Sin cruzar la mirada salieron juntas de la estación. Ella en el medio de las dos señoras de azul, apenas sin llegarles a los hombros y con el paso firme como el de un soldado.
Sin mediar palabra las tres mujeres avanzaban calle abajo. Híbrida con la maleta bajo el brazo, soportando ella sola el peso de todo su equipaje, incluido el del silencio que las otras dos, apretaban dentro de sus bolsillos, con los puños cerrados.
Era verano y sin embargo hacía mucho frío. Las calles del pueblo estaban desiertas, tan sólo una joven de aspecto aniñado y lánguido, salía entonces de la ultima casa de la calle, pero no se volvió a mirarlas sólo corrió, calle abajo. Híbrida la reconoció al instante y tuvo ganas de correr tras ella, pero no lo hizo.
Vaya pintas-dijo una de las mujeres- igual que ésta-río la otra agarrando a Hibrida por el brazo con violencia- son como su madre las dos. Una pena.
Híbrida rió a golpes y en cada empujon de risa que se enganchaba con el siguiente.. estallaba una carcajada afilada y triste que las dejó sin habla al instante.
Desde siempre ha sido rara ya lo sabes- le dijo una a la otra.
Y así era, pensó Híbrida dentro de si misma.
Ella veía palabras que se abalanzaban como bestias sobre los paisajes y las orillas de los ríos. Veía gigantes entre las vocales de su nombre y cristales rotos que pendían de un hilo de voz a punto de remendarle los labios a la atmósfera. Había pausas como látigos entre los renglones azules de su memoria que corrían desmembrados por los callejones y se abalanzaban asilvestradamente contra el tiempo, siempre invisibles, siempre a solas.
MARIBEL HERNANDEZ DEL RINCÓN. ©Avallach
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Sin pretenderlo o a propósito
acabo igualmente boicoteándome así
en esta matemática triste de inventariarte
y sacarme ecuaciones de la memoria
y hasta de la conciencia.
y me sorprendo interpuesta
entre los porcentajes azules
que le voy calculando a tu lejanía,
midiéndote por arriba y por los lados,
dejándote ir
con todas las horas
que les arrancamos a las cortezas de los árboles.
Maribel Hernández del Rincón
©Avallach
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Tintineaban los platitos de té con las tacitas apiladas las unas sobre las otras como pequeñas columnitas idénticas de un blanco roto como los vestidos de las novias. El borde pintado a mano por artesanos sicilianos sobresalía levemente en contraste con el dibujo azulado de una especie de flor o estrella en el principio de cada asa. La colección de los gallos de Barceló se abalanzaba contra la puerta acristalada de la estantería y por un instante temió que todo aquel esfuerzo por bloquear la entrada de la casa a los desconocidos de todos los días, acabase por desencajar la estructura de ese viejo mueble renacentista que no tenía pinta de aguantar ya demasiados contratiempos...
Todo era extraño casi siempre, en realidad tenía los cajones llenos de cosas que a menudo desconocía por completo, sin embargo, toda esa cantidad de objetos probablemente acumulados, incluso sin razón específica, durante toda su vida, había observado que despertaban un interés insaciable en ese cúmulo inquietante de desconocidos que se le aparecían, sistemáticamente, todas las mañanas, en su misma casa. Y querían llevárselas y coleccionarlas y organizarlas por tamaños y fechas; y clasificarlas alfabéticamente o por colores o texturas o densidades... Y querían tasarlas y unificarlas y domesticarlas. Y encontrarles un hueco en los cajones de la mesilla de noche o sobre la hojalata oxidada de las cajitas del té o entre la chatarra de las cajas de herramientas y hasta en los bolsillos de las americanas...querían esconderlas detrás de la puerta, querían masticarlas y despedazarlas y porcentajearlas...
Durante algunos años había tenido hijos creía recordar, pero después todos se fueron sin decir nada, desaparecieron, seguramente por algún tipo de tragedia inexplicable. Sobretodo cuando anochecía le gustaba mucho parecerse a ese río profundo y centelleante. Miraba los luminosos de las bodegas al otro lado del puente Don Luis y le venían a la memoria todo tipo de palabras. A veces las capturaba con la palma de la mano, las retenía un instante en la cavidad del puño semiabierto y con la otra mano trataba de acariciar cuidadosamente la curva de su caligrafía. Después las dejaba ir, distantes y sinuosas, como una seda tornasolada por delante de sus ojos
©Avallach
Maribel Hernández del Rincón
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Quedaban pocos supervivientes entre los recuerdos. Retazos de algún tiempo casi ajeno ya, calentando con esmero las manos en la cocina de lumbre mientras llegaban los hijos a casa. Un aroma de cebolla frita transcurría a veces desde la memoria al plato, se restregaba entre los frascos viscosos de la miel derramada y atravesaba incluso las estanterías de madera oscurecida, repletas de libros sobre guerras civiles y reconocimientos póstumos. Encima de sus rodillas, el abuelo sostenía veranos y nietos imaginarios. Dejando caer, a veces, miradas cómplices al río, desde la misma ventana por donde la noche entraba a llevarse los días...
©Avallach
Maribel Hernández del Rincón
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Bruselas. Abril 2.008
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Algunas veces tu pelo
riza un garabato
en el aire atroz de la melancolía
y es un aire desmigado
como el tiempo
y pasa
lleno de hormigas
y te lleva lejos
sin que ninguna catástrofe
anuncie tu lejanía
Sin que ninguna palabra
desde mi boca incendiaria
te detenga
©Avallach
Maribel Hernández del Rincón
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Me está cayendo el frío a chorros
desde un rumbo que abrí por desandarte
Me pasa
por desmantelar las brumas
manoseando la tarde
que escurren signos tuyos
contra el vidrio
Esbozos de luz rota
que atesoro
entre las fichas de jugarte.
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Maribel Hernández del Rincón
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Fotografía. Alvaro Hernández. Laos 2.007
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Maribel Hernández del Rincón
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Y seguimos a veces recordando
contra la dura piedra insobornable de la memoria
reductos de melancolía itinerante
garabatos de fe ciega, alcanzándote
pretérito y frutal
Invertebrado sobre un fondo de grafito
apuntalando la noche
en sus contornos fluviales de cauce primigenio
donde le atraviesan peces
asilvestrados como lágrimas al amor
©Avallach
Maribel Hernández del Rincón
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